Aquí el Mediterráneo no es el de las postales de siempre. Es un mar que se acerca a los Pirineos hasta chocar con ellos, con viñas en terrazas de pizarra que caen al agua y una tramontana que despeina los cipreses. Los pueblos bonitos cerca de Collioure mezclan esa costa con valles interiores donde la lengua, la comida y el carácter son catalanes, pero al otro lado de la frontera.
Collioure, con su campanario junto al agua, es la base perfecta. La dificultad está en decidir hacia dónde tirar: al sur, por el litoral; al oeste, hacia las colinas del interior y las fortalezas.
Si viajas en coche, la zona se recorre bien con Perpiñán o la propia costa como base. Estas son las seis paradas, de la más marinera a la más montañosa.
1. Port-Vendres
Está a un paso, al sur de Collioure, y es un puerto de verdad: con barcos, redes y cajas de pescado. Nada de decorado turístico. Su bahía natural es profunda y la preside un obelisco de mármol rosa levantado en 1780 en honor de Luis XVI.
Ve al caer la tarde. Cuando los pesqueros descargan, el muelle huele a salitre y se oyen las voces de quienes llevan toda la vida en esto. Un sendero litoral sale desde aquí hacia el cabo Béar.

2. Banyuls-sur-Mer
Las viñas llegan casi a la orilla en terrazas de pizarra, y ese contraste de roca oscura y mar azul es lo mejor del pueblo. Aquí nació el escultor Aristide Maillol, y su casa del campo es hoy museo.
Acércate también al Biodiversarium, vinculado a la reserva natural marina de Cerbère-Banyuls. Si te gusta el vino de la zona, esta es la tierra de la denominación de origen Collioure y Banyuls.
3. Elne
Hacia el interior, a unos 18 kilómetros de Banyuls, Elne fue la capital eclesiástica del Rosellón hasta el siglo XVII. Su catedral románica de Santa Eulalia, consagrada en el siglo XI, esconde un claustro de mármol con capiteles esculpidos.
Pero lo que más conmueve es la Maternidad Suiza, un palacete donde, en 1939, la enfermera Elisabeth Eidenbenz salvó la vida de casi seiscientos niños de madres refugiadas de la Guerra Civil española.

4. Eus
Se agarra a la ladera frente al macizo del Canigó, con casas escalonadas y callejones empedrados que acaban en la iglesia de Saint-Vincent, del siglo XVIII, sobre las ruinas de un castillo medieval.
Tiene fama de pueblo muy soleado, y se nota en las buganvillas que trepan por la roca gris. Desde los años sesenta, artistas y artesanos eligieron este rincón. Sube con calzado cómodo y a primera hora, antes del calor.

En vídeo
Para ver la ruta completa por esta zona antes de decidir tu itinerario, mira este vídeo.
5. Villefranche-de-Conflent
Esta villa amurallada es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y un ejemplo de la arquitectura militar de Vauban, que rediseñó sus murallas en 1681. Se encaja en el valle del río Têt y de aquí sale el Tren Amarillo.
Recorre la Rue Saint-Jean, con sus fachadas de mármol rosa, y baja luego al pasaje subterráneo que lleva al Fuerte Liberia, al que se llega por una escalera de 734 peldaños excavada en la roca.

6. Castelnou
Es la parada más medieval. Sobre una colina del valle de los Aspres se alza este pueblo amurallado, dominado por un castillo fundado en el año 990. A Castelnou se llega en un trayecto de unos 45 minutos en coche desde Collioure.
Sus callejones empedrados y sus hornos de pan adosados a las fachadas te llevan siglos atrás. Calza zapato cómodo, porque las cuestas están pulidas por los pasos. Fuera de las murallas está la iglesia románica de Santa María, del siglo XII.

Cómo organizar la ruta
Con tres o cuatro días tienes tiempo para el litoral y para el interior sin correr. Dedica uno a la costa (Port-Vendres y Banyuls), otro a Elne y Eus, y otro a las fortalezas de Villefranche y Castelnou.
Consejo: en la costa conviene llegar pronto y dejar el coche a las afueras de los pueblos más pequeños, donde las calles son estrechas.
Si te sobra un día, reserva una mañana para el Tren Amarillo desde Villefranche: es una línea histórica de vía estrecha que sube hacia la Cerdaña y regala vistas que no se ven desde la carretera. Y si viajas con cámara, guarda la tarde para el litoral, que es cuando mejor luce.
En la mesa, huye de los menús de primera línea de playa y busca platos locales en los pueblos del interior: la cargolade (caracoles a la brasa con alioli), la boutifarre o las anchoas en salazón, con un tinto de Collioure.
Así que ahora te lanzo la pregunta de cierre: ¿te quedas con el silencio de las murallas de Castelnou o con el atardecer marinero de Banyuls?








